Recibir un trasplante de riñón representa mucho más que una intervención quirúrgica. Supone el inicio de una nueva etapa marcada por cuidados médicos, cambios de hábitos y un proceso emocional que combina alivio, gratitud y, en muchos casos, ansiedad.
Solo en 2024, en España se realizaron 4,047 trasplantes renales, según datos de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), organismo dependiente del Ministerio de Sanidad. Una cifra que refleja el impacto de este procedimiento, considerado una de las principales alternativas para pacientes con enfermedad renal crónica avanzada.
El riñón trasplantado asume las funciones que los órganos dañados han dejado de realizar: depura la sangre, elimina toxinas, regula los líquidos del cuerpo y mantiene el equilibrio hidro-electrolítico y el nivel de acidez de la sangre, permitiendo que muchos pacientes puedan abandonar la diálisis.
“Con los controles médicos adecuados y el uso de inmunosupresores, el organismo va aceptando el nuevo riñón y se evita el rechazo, lo que permite al paciente dejar la diálisis”, explica el doctor Ramón Delgado Lillo, jefe del Servicio de Nefrología del Hospital Universitario Ruber Juan Bravo y del Hospital Quirónsalud Valle del Henares, en Madrid.
Según el especialista, la vida útil de un riñón trasplantado puede superar los 10 años, especialmente cuando procede de un donante vivo. “En muchos casos dura incluso el doble, siempre que exista un seguimiento médico adecuado”, asegura.
Seguimiento médico y control constante
El nefrólogo subraya que el control del paciente es clave tras el trasplante. Esto incluye visitas periódicas al especialista, análisis de sangre y orina, y ajustes de la medicación inmunosupresora. “Al inicio los controles son más frecuentes y luego se espacian según la evolución. Son esenciales para detectar complicaciones a tiempo y proteger el injerto”, indica.
El impacto emocional del trasplante
Más allá del aspecto físico, el trasplante también tiene un impacto emocional. “Es normal experimentar gratitud y alivio, pero también ansiedad o miedo a perder el injerto”, señala Delgado Lillo. Este temor, afirma, es lógico y puede manejarse con información clara, seguimiento médico regular y el cumplimiento estricto de la medicación.
El apoyo psicológico también juega un papel importante. “Hablar con psicólogos, personal de enfermería o grupos de pacientes ayuda a reducir la ansiedad y mejora la adherencia al tratamiento”, añade el especialista.
¿El riñón funciona de inmediato?
En muchos casos, el riñón trasplantado comienza a funcionar de forma inmediata, especialmente si proviene de un donante vivo. En los trasplantes de donante fallecido, el funcionamiento puede tardar algunos días debido a los tiempos de conservación del órgano, pudiendo requerirse sesiones temporales de diálisis.
Riesgos y señales de alerta
Para prevenir el rechazo del órgano, los inmunosupresores son fundamentales, aunque pueden aumentar el riesgo de infecciones, hipertensión o alteraciones metabólicas. Por ello, el seguimiento médico y los hábitos de vida saludables son esenciales.
Los síntomas de rechazo suelen ser sutiles y, en muchos casos, solo se detectan mediante análisis de sangre, con un aumento de la creatinina. Otros signos incluyen disminución de la orina, hinchazón, fatiga, fiebre leve, dolor en la zona del injerto o aumento rápido de peso. Detectado a tiempo, el rechazo puede revertirse con ajustes en la medicación.
Hábitos de vida tras el trasplante
El especialista recomienda mantener una alimentación equilibrada, evitar el exceso de sal, azúcar y grasas, no fumar, realizar ejercicio moderado y cumplir estrictamente la medicación. También advierte sobre alimentos como el pomelo, que puede interferir con los fármacos inmunosupresores.
“El ejercicio físico moderado y progresivo mejora la salud cardiovascular y la calidad de vida, aunque deben evitarse deportes de contacto o esfuerzos extremos”, indica.
Romper mitos
Finalmente, Delgado Lillo aclara uno de los mitos más comunes: el trasplante no está limitado por la edad. “Lo importante es el estado general de salud del paciente y que no existan enfermedades que contraindiquen el procedimiento”, concluye.
En la mayoría de los casos, la vida tras el trasplante mejora notablemente: más energía, mayor independencia y la posibilidad de retomar actividades cotidianas, siempre con el compromiso de cuidados diarios y seguimiento médico continuo.
