La menopausia no solo trae cambios visibles como sofocos o alteraciones del sueño. En esta etapa, muchas mujeres comienzan a perder masa ósea de forma acelerada, lo que debilita los huesos y eleva el riesgo de fracturas ante caídas o golpes leves.
El principal factor es la caída del estrógeno, una hormona clave para mantener la densidad ósea. Con su disminución, el equilibrio entre formación y pérdida de hueso se rompe, favoreciendo la aparición de osteopenia y osteoporosis, a menudo sin síntomas evidentes.
Especialistas advierten que en los primeros cinco años tras la última menstruación puede perderse hasta una quinta parte de la densidad ósea. El riesgo aumenta si existen antecedentes familiares, bajo peso, fracturas previas, enfermedades crónicas o uso prolongado de ciertos medicamentos.
Para detectar a tiempo este deterioro, se recomienda la prueba de densidad ósea, especialmente a partir de los 65 años o antes si hay factores de riesgo. Este estudio permite identificar la pérdida de masa ósea y actuar antes de que ocurran fracturas.
La prevención incluye hábitos clave: una dieta rica en calcio y vitamina D, actividad física regular —en especial ejercicios de fuerza y equilibrio—, evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol. Estas medidas ayudan a fortalecer el esqueleto y reducir el riesgo.
Cuando la pérdida ósea progresa, pueden indicarse tratamientos médicos. Entre ellos figuran la terapia hormonal en etapas tempranas, fármacos como bifosfonatos y opciones no hormonales, siempre bajo seguimiento para minimizar efectos adversos.
La detección temprana y el control periódico son esenciales. La osteoporosis puede avanzar de forma silenciosa hasta una fractura inesperada; por eso, el acompañamiento médico y las estrategias personalizadas son claves para preservar la movilidad, la autonomía y la calidad de vida tras la menopausia.
