Alemania: SOS coronavirus, saturación en cuidados intensivos

Alemania: SOS coronavirus, saturación en cuidados intensivos

La cifra de pacientes de COVID-19 en las unidades de intensivos aumenta dramáticamente. Las infraestructuras hospitalarias están preparadas para el aluvión de enfermos, pero falta personal.

Alemania, el país que afirma con orgullo haber aprendido mucho de la primera ola de la pandemia del coronavirus, el lugar donde, para muchos, un “confinamiento suave” es ir demasiado lejos en las restricciones y donde 20.000 personas se reúnen sin mascarillas ni distancia social para protestar por las medidas contra el coronavirus… En el Hospital clínico universitario de Münster, la enfermera Bärbel Breimann se enfunda con dificultad su traje protector y atraviesa la puerta de entrada de la unidad de cuidados intensivos dedicada a coronavirus, en la que están ocupadas diez de las doce camas disponibles.

Estamos a mitad de noviembre de 2020 en Alemania, el invierno aún no ha comenzado y a Breimann le parece estar de nuevo en abril. “Ya estamos trabajando al límite y no podemos asumir mucho más, porque si no, el sistema colapsa rápido”, dice. Breimann forma parte del personal de salud considerado como “relevante para el sistema”, un concepto en boca de todos al inicio de la pandemia. Lo cierto es que esta mujer de 47 años lleva bastante tiempo siendo insustituible. Breimann ha celebrado incluso sus bodas de plata en el Hospital Clínico Universitario de Münster. Desde 1998, trabaja en la unidad de cuidados intensivos.

Peor ánimo que durante la primera ola
La enfermera ha vivido allí muchas historias, pero la temida segunda ola de coronavirus ha adquirido para ella una nueva dimensión. “Aquí todos vivimos experiencias límite”. Es algo que supera emocional y físicamente cualquier otra cosa”. Y, sobre todo, surge la pregunta de qué es lo que aún queda por llegar.

A diferencia de la primera ola, las frías temperaturas hacen que una mejora de la situación quede aún muy lejos y el ánimo es ahora también muy distinto. El ambiente de la planta de cuidados intensivos refleja a pequeña escala el humor reinante en la sociedad alemana: cada vez más tenso y desesperado. “En primavera nos ayudamos los unos a los otros y eso liberó muchas energías positivas. Ahora no hay esa sensación”, dice Bärbel Breimann, “y después está el miedo de no poder mantener nuestros estándares porque andamos muy ajustados de personal”.

Una persona por cada dos pacientes
Además sucede otra cosa: cada vez hay más jóvenes ocupando camas en la unidad de intensivos, padres de familia con 30 años y sin patologías previas. De momento, Breimann y su equipo pueden seguir ateniéndose a la regla de oro de los cuidados intensivos de que una persona se ocupe como máximo de dos pacientes. Pero si tienen que realizar un procedimiento de pronación (colocar al enfermo sobre su estómago para mejorar su oxigenación), ya se necesitan tres enfermeros.

Además, hay pacientes que necesitan cuidados en exclusiva y los empleados a veces faltan al trabajo por enfermedad o porque guardan cuarentena. Bärbel Breimann no es del tipo de persona que suele quejarse de sus condiciones laborales. Al contrario, rinde al 100 por cien y más. “Tengo un trabajo de ensueño, en el que cada día vivo experiencias distintas, con mucha flexibilidad, un equipo multidisciplinario y jerarquías planas. Pero ¿se lo recomendaría a mi hija? Creo que tendría que pensárselo dos veces”, dice la enfermera.

Estrés puro
El jefe de Bärbel Breimann se llama Thomas van den Hooven. Él es el encargado de sacar de donde no hay y repartir lo que está disponible. “Durante el fin de semana, hubo un número notable de ingresos y estamos intentando redistribuir a nuestro personal”. Su trabajo no solo se limita a los 3.000 empleados de cuidados intensivos del Hospital Clínico Universitario de Münster, sino también a las camas.

Todo, con tal de mantener a raya la carga de trabajo del personal. Una tarea hercúlea. Y como sus esfuerzos no bastan, Van den Hooven trata de seducir de nuevo a antiguos empleados que ahora trabajan en otros lugares. El propio Van den Hooven no se amilana si él mismo tiene que saltar al terreno de juego por una urgencia, al fin y al cabo ha trabajado 15 años como enfermero.

“Claro que se trata sobre todo de algo simbólico, una forma de demostrar que el capitán también está en el barco. Pero darle la vuelta a un paciente o darle su medicación es algo que aún puedo seguir haciendo”. Van den Hooven asumió el puesto hace tres años y la crisis del coronavirus es el mayor reto que ha vivido hasta ahora. Estrés puro, 24 horas al día, 7 días a la semana. Cuando le comentamos la reciente protesta en Leipzig por las medidas contra el coronavirus, sacude la cabeza incrédulo.

¿Qué debe hacer Alemania cuando el “confinamiento ligero” de noviembre toque a su fin? ¿Abrir todo, como muchos exigen? Thomas van den Hooven tiene claro que hasta las Navidades habrá una ocupación cada vez mayor de las camas de cuidados intensivos. “Y entonces no solo nos faltará el personal de enfermería, sino también los médicos”, vaticina.